Todos están locos.

Cojo mi movil y me pongo a escribir por oscuridad y aburrimiento.
La luz de una triste farola ilumina el andén como si de un escenario se tratase. Un invisible concierto de grillos, un estruendoso eco lejano en el silvido del silencio de la noche. El calor se ha evaporado y empieza a refrescar, aunque el aire es denso y quieto.
Un oscuro hombre permanece sentado en el reflejo de mi banco al otro lado de las áridas vías. Mi insulsa cara se convierte en otro foco de atención. El hombre me mira como memorizándome. Me doy cuenta: yo tampoco puedo apartar la vista de él. Es extraño, porque en realidad está tan oscuro que no nos vemos los ojos. Solos él y yo en el mismo lugar, en las mismas circunstancias, pero dirigiéndonos hacia direcciones opuestas.
Algo me hace despertar de la intensidad del momento; parece que los grillos han dejado de cantar y ahora rien. Su risa es histriónica. La farola parece adormecerse por momentos, como alejándose para buscar un poco de diversión junto ellos. Todos están locos.
Nada podría estar ahora más fuera de lugar que la llegada de un tren para destrozar toda esta locura y poética simetría.